domingo, 12 de junio de 2011

Pobrecitos... ¿por qué no los matamos?


Hoy en día, muchas personas consideran el acto de dar muerte un legítimo acto de misericordia. Es que se les parte el corazón ante el misterio del sufrimiento humano y no pueden concebir una mejor solución. Mátenlos, déjenlos de alimentar, no salven su vida de la enfermedad, que mueran. Que no sufran.  Esos son los reclamos de los nuevos misericordiosos.

Debo reconocer que me indigné cuando leí un artículo llamado "Los niños del hospital" de Fanny Kertzman. Pueden leerlo acá.

Por primera vez veía que alguien reclamaba ese acto de misericordia (la pena de muerte) para los niños prematuros. Niños que están entre nosotros y a quienes nadie puede negarles su dignidad humana. Niños que luchan por vivir a pesar de las circunstancias y que son objeto de un esmerado cuidado que los convierte en algo así como los tesoros más preciados de los hospitales.

La equiparación de los derechos de los niños nacidos con los derechos de los niños por nacer comenzó entonces a darse, pero en un sentido insospechado. Nosotros, los que promovemos el derecho a la vida, exigimos la misma protección de los niños prematuros para los niños que están por nacer. Reclamamos que no hay diferencia entre ellos, que son tan humanos después del nacimiento como desde el momento de la fecundación. Ahora los otros, los desesperanzados, lanzan sobre los prematuros la misma condena: que mueran, para que no sufran. Si unos no tienen derecho a nacer, los otros no tienen derecho a seguir viviendo.

Como es costumbre, el artículo en mención es una antología de casos dramáticos. Para mí es ya un género literario. Basta recorrer las publicaciones que promueven el aborto y la eutanasia para aprender el recurso de memoria. Una enfermedad incurable, dolores atroces, deformaciones monstruosas, tragedias humanas, depresiones, desesperanza. Todo cuidadosamente redactado. Conmovedor. Pero esa es la paradoja. Un relato conmovedor sobre el sufrimiento humano pretende convencernos de no hacer nada, de no actuar, de no luchar para mitigar, para sanar, para atender, para amar. Nos invita a darnos por vencidos, a no incomodarnos, a no sufrir tanto viendo sufrir a otros. Qué ellos mueran, para que yo no sufra ese espectáculo.

Ese es el núcleo de la discusión. Nadie sabe qué es la Ortotanasia (¿lo sabe usted?), porque sólo pedimos Eutanasia. Nadie conoce los Centros de Ayuda para la Mujer, porque creemos que el aborto es la solución fácil y efectiva.

Existe otro camino. Es un camino difícil. Podemos comprometernos con el otro, involucrarnos en su drama, dolernos de verdad con sus dolores. Y ayudar. Antes de pedir la muerte para alguien, por lo menos evalúe qué ha hecho por esa persona. La verdad, después de ese examen, no me atrevo.

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Edición: Me parece justo resaltar una de esas iniciativas que de verdad se preocupan por ayudar y que vale la pena conocer: El Programa Madre Canguro. Hermoso. Original.
Pueden obtener más información en este vínculo.

El amor es siempre más creativo.

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He recibido el honor - y el acto de confianza - de aportar a este blog. Espero estar a la altura de mis nuevos lectores.

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